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Educación de calidad - Catón

Publicado en Cultura

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

Educación de calidad

Catón – 09 marzo 2016

Don Añilio les contó a sus amigos: "Por equivocación me tomé cinco pastillas de Viagra. De milagro no me saqué un ojo". Babalucas obtuvo el premio mayor en el Sorteo de la Suerte: 10 millones. Los pidió en billetes de 500 pesos. "La cosa no funciona así, señor -le dijo el encargado-. El reglamento indica que recibirá usted un millón ahora, y luego un millón cada mes". "¡Ah no! -protestó con vehemencia Babalucas-. ¡Denme mis 10 millones ahora mismo, o si no devuélvanme los 5 pesos que pagué por el boleto!". El ginecólogo le informó a su paciente que estaba embarazada. "¡No puede ser!" -exclamó ella. Inquirió el facultativo: "Su marido ¿toma precauciones?". "Él sí -respondió con tono sombrío la mujer-, pero los otros no". El cliente le preguntó al agente de viajes: "¿Cuál es la mejor temporada para ir a París?". Contestó el hombre: "Entre los 18 y los 30 años". No sé si lo que en seguida voy a contar es histórico o es verídico. Parece cosa imaginada, y eso me hace pensar que sucedió. Gustavo Díaz Ordaz estaba en campaña como candidato a la Presidencia de la República. En aquel tiempo los candidatos del PRI no necesitaban hacer campaña, pero de cualquier modo la hacían, pues el PRI era un partido ritualista, y sus rituales se cumplían con puntualidad. Los rituales, ya se sabe, dan consistencia a lo que es inconsistente. En un mitin de apoyo al candidato un director de escuela hizo uso de la palabra y dijo: "Señor licenciado Gustavo Díaz Ordaz: en las iniciales de su nombre está la expresión de su carácter: G de grandeza; D de dignidad y O de honestidad". Habían pasado ya los tiempos en que la educación pública era de alta calidad. Antes las escuelas llamadas oficiales daban a sus alumnos una formación de excelencia tanto en conocimientos como en valores. Se nos enseñaba a amar a México; se nos educaba al mismo tiempo en la libertad y la responsabilidad. Nuestros maestros nos daban ejemplo de trabajo, de cumplimiento del deber. Había en ellos una mística que les confería dignidad. Los profesores eran vistos con respeto en sus comunidades; aquello era el "Corazón, diario de un niño" en la vida real. Me pregunto cuándo se perdió todo eso. Del mismo modo que quienes tienen posibilidades económicas -y aun quienes no las tienen de sobra- buscan atención médica en los hospitales privados, por las gravísimas deficiencias que se ven en las instituciones de salud pública, también los que disponen de recursos, aunque no sean abundantes, prefieren inscribir a sus hijos en escuelas o colegios privados, por más que haya todavía numerosos planteles oficiales de alta calidad. Aplaudo -y con ambas manos, para mayor efecto- los esfuerzos que se hacen a partir de la Reforma Educativa para mejorar las condiciones de la educación. No comparto la idea de quienes piensan que esa reforma es meramente laboral; pienso que toca aspectos importantes que inciden en la superación de los maestros y del sistema escolar en general. Esa labor no debe ser estorbada por entes como la CNTE. Tampoco, sin embargo, se debe permitir que al margen de esa reforma se conculquen los derechos que los trabajadores de la educación tienen ya adquiridos, sobre todo en el renglón de sus salarios y pensiones. Eso causará inquietudes que eventualmente darán origen a movimientos de protesta. No puede haber buena educación sin condiciones justas de trabajo para los profesores. La Reforma Educativa debe tomar en cuenta esa justicia. Uglicia era tan fea que los hombres la vestían mentalmente. El señor le dijo al doctor Duerf: "Siento que soy dos hombres a la vez". "A ver -respondió el célebre analista-. Que pase el primero". El golfista le comentó a su compañero: "Desde que mi esposa empezó a jugar golf me da sexo solamente una vez a la semana". "Eres afortunado -lo consoló el otro-. A los demás nos lo cortó de plano". Preguntó la maestra: "¿Alguien puede decirme quién es el Jefe de Gobierno?". Contestó Rosilita de inmediato: "¡Mi mamá!"... Dijo don Frustracio hablando de su mujer, doña Frigidia: "Mi esposa nunca se distrae cuando hacemos el amor, sea cual sea el libro que está leyendo". FIN.

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