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El zumbido y el moscardón.

Escrito por Vibora. Publicado en Locales

El zumbido y el moscardón.

Ética Periodística y conflictos de intereses.

Félix Justiniano Ferráez – abril 2013

Para: Pedro Pacheco Herrera periodista incorruptible.

Con un desparpajo que raya en el cinismo especulativo y la farsa, hoy somos espectadores de una nueva clase de periodismo protagónico, corrupto, servil, convenenciero y ramplón, un nuevo espécimen que pretende convertirse en el paladín de las causas ciudadanas señalando con índice flamígero, las desventuras de la sociedad denunciadas a través del cristal de la simulación y de la hipocresía, de esa camada de usufructuarios de una de las mejores y más nobles profesiones de la humanidad; el periodismo.

Abusivos, voraces, oportunistas y cínicos, se olvidan que cuando el ciudadano pierde la fe en las instituciones, democráticas o no, o  en sus gobernantes y con los tiempos convulsionados, el único refugio sensato que  busca es hallar la VERDAD, y con ella las respuestas responsables a los problemas complejos que atravesamos.

Algunos escritores y periodistas aseguran que la verdad absoluta no existe como tal, pero lo que si debe existir es la ética periodística en busca de la verdad irreductible, de la misma manera que el médico construye su ética alrededor de la vida, el abogado lo hace en torno de la justicia, el periodista la sustenta en su búsqueda insaciable de la verdad y todo lo demás subordinada a ella.

Estas son mis conclusiones al prólogo que le dedicara Tomás Eloy Martínez al libro de Javier Darío Restrepo “Ética para periodistas”

O como decía de manera menos compleja William Faulkner, el novelista debe ser amoral y no debe vacilar ante nada para concluir su obra y como acicate a su imaginación, pero en el caso del periodista, la ética es exactamente a la inversa, ni el mejor de los fines puede o debe justificar la amoralidad de los medios que se empleen para realizar su quehacer periodístico.

Gabriel García Márquez lo resume con la claridad y contundencia que se le conoce desde siempre, “La ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo, como el zumbido al moscardón”.

Nadie medianamente instruido puede considerar al periodismo como un oficio simple y exento de riesgos, nuestro país que cuenta en los últimos seis años con un cruento saldo de muertes inconcebibles por innecesarias, se ha regado con la sangre de muchos periodistas honorables que dejaron sus vidas en aras de esa búsqueda insaciable de la verdad y de darla a conocer por responsabilidad social, por independencia mental, por vergüenza profesional, por amor a su oficio y por ética periodística.

Lamentablemente los moscardones de hoy andan sin zumbido, desprovistos de esa alarma natural que los identifica como seres de excepción, ciudadanos de la inteligencia, jueces de la conciencia, personajes de escritura intachable, pero manteniendo la figura obesa de esos insectos, hinchados de los recursos mal habidos como producto del chantaje o del servilismo, según convenga,  hinchados por los siete pecados capitales en su mediocre desempeño como informadores, saltimbanquis de los erarios, lo que adulan hoy, lo expectoran mañana, indefensos ante sus propias corruptelas cambian de bando sin pudor, sin memoria, sin vergüenza, y se amelcochan al miasma que ayer denunciaban, refrendan su hipocresía con nuevos amos y privilegian la deslealtad como modo se subsistencia.

Se llaman “periodistas” sin más mérito que un micrófono enfrente para escupir sus mezquinos intereses o por contar con un medio impreso donde se amenaza y se exhiben inmoralidades como reflejos de las propias, donde la carencia de elementos, de educación, cultura y de verdades irrefutables, no son más que el catálogo de frustraciones exhibidas a conveniencia; periodistas en busca del dinero fácil, de la comodidad económica, del confort superfluo e intoxicante, el que amodorra los impulsos y oxida las capacidades, el que aletarga la iniciativa y deja en coma profundo la disciplina y la independencia.

No ejercen la profesión que ennoblece y dignifica su calidad de informantes, son mercenarios de la comunicación, manipuladores de circunstancias que buscan la comodidad del erario, el halago como método y el dinero como objetivo.

La tecnología y la red de redes, le brinda la oportunidad única de escribir desde sus oficinas sin investigar  con rigor ético la información que publican, la misma tecnología les permite fotomontajes que vulneran los principios fundamentales  de los valores morales, se escriben espejismos informativos, se hace pirotecnia “periodística”, fuegos artificiales que confunden con su efímero paso y su destello aturdidor; y en el epítome de la desfachatez se dividen en bandos y se hacen acusaciones recíprocas, al servicio de sus respectivos amos.

Desnudan sus defectos y debilidades, exhiben sus limitaciones e ignorancia, del mismo modo que exhiben sus faltas ortográficas y de sintaxis, para el veneno del de enfrente, tienen el propio como antídoto.

Ya no se busca el éxito periodístico a través del brillo y la luz de la verdad, de la íntima satisfacción del deber cumplido, del compromiso colectivo de informar sin más límite que la objetividad y la moral, de mantener una sana y respetuosa distancia del poder político y del poder económico; ahora se esfuerzan en poder ser parte de ellos, sin dejar de ser lo que ya no deben ser, por ser justamente incompatibles ambos menesteres.

Pero ahí están y se identifican entre ellos mismos; ellas y ellos saben cuál son sus iguales mimetizados en la mediocridad y en la epidemia de los elogios recíprocos, y cuales sus antagónicos, gruñen y se enseñan las garras, pero no dan el siguiente paso, mañana podrían pertenecer al bando que hoy censuran y deben mantener la puerta abierta como posibilidad latente.

No tengo ninguna duda que muchos oficiantes de este tipo de periodismo reconocerán a sus adversarios en mis palabras, pero serán incapaces de tomar la parte que les corresponde de estas líneas.

Rara avis aquellos que aún mantienen la dignidad de la profesión como uniforme cotidiano, que se empecinan en “ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir” como afirma un premio nobel.  De la misma manera que afirma que cada día es más difícil ejercer esa profesión, porque cada nota debe quedar mejor escrita y sustentada que la del día anterior, una especie de Quijotes en busca de sus utopías, pragmáticos pero equilibrados y objetivos esta clase de periodista pone ante nuestros ojos la fotografía redactada de manera precisa y concisa, de los hechos investigados con rigor analítico y con la única ambición de la primicia.

La nota, el reportaje, el editorial, la entrevista, etc. todos esos géneros que abrazan desde sus contenidos la razón de ser del periodismo y por lo mismo el infinito e insustituible placer de la escritura, por la majestad y contundencia de la palabra escrita, sin ambages, sin adjetivos innecesarios, con la preeminencia de ser parte subyacente del idioma español y su belleza.

La palabra escrita como herramienta de comunicación y subsistencia entre el género humano, para trascender a los tiempos y dejar constancia de la huella del hombre en su paso hacia la posteridad.

Finalizo con una de las anécdotas preferidas narradas por Carlos Fuentes, que deja en claro la calidad de la investidura de quien ha practicado el periodismo del más alto nivel, de la mejor calidad y objetividad posibles pero realizado con la mayor humildad y modestia; en la cena de gala ofrecido por el presidente francés Françoise Mitterrand en su toma de protesta, colocaron en la misma mesa y en lugares contiguos a Margaret Thatcher primera ministra británica y a Gabriel García Márquez entre otros invitados, en algún momento de la cena la premier británica con el tono glacial y la flema característica de los hijos del imperio, se dirigió al Gabo para tirarle su calculado dardo, ¿disculpe y usted a que se dedica?   A lo que el hijo pródigo de Aracataca le respondió sin preámbulos…yo a escribir ¿y usted?

Caribe Mexicano /abril/2013

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