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Las opacas santas mexicanas y el obelisco de Chetumal

Escrito por Vibora. Publicado en Locales

El Minotauro

Las opacas santas mexicanas y el obelisco de Chetumal

Nicolás Durán de la Sierra

OBELISCOCHETUMAL2016

“Fue en un cabaré,

donde te encontré…

Roberto “Tito” Mendoza*

A la boca de levante del Laberinto se encuentran, sudorosas y cansadas, tres religiosas mejicanas; el polvo del Ida, cúspide de Creta, ensucia los bieses de sus hábitos. La cuesta arriba desde el Puerto Heraklion ha sido difícil para ellas y más aún para la mayor, quien parece estar sumida en continuo rezo. Las dos la tratan con suma delicadeza, como si se tratase de un ser de fragilidad cristalina.

      A la sombra de un ciprés esperan respuesta a su petición de conversar “siquiera unos pocos minutos”, con El Señor del Mediterráneo, del que dicen es famoso por su sabiduría y su bondad hasta allá en Guadalajara, la ciudad mejicana, no la española. Para reforzar su súplica las hermanas Raimunda y Rita dijeron que las acompañaba María Natividad de Jesús Venegas de la Torre, la primera santa del país azteca.

      Quieren consultar con el Héroe sobre cómo llevar la vida ejemplar de la santa al saber popular “en un país donde las virtudes decaen y se alzan, victoriosos, todos los vicios”. Más la suerte no les es propicia, pues El Minotauro se encuentra disfrutando la nueva entrega de la Gaceta del Pensamiento, y como bien sabe el lector a esta noble y sin par columna, no es aconsejable distraer su lectura, que grande es su furia.

      Enojo justificado el suyo, claro, ya que no son menudos los servicios que brinda a la Humanidad como para que no se respeten sus pocos gozos, dejando de lado su gula amatoria, sus lujuriosos placeres culinarios y, de paso, su notabilísimo gusto por los festines. Además, por si fuera poco, el contenido de la edición es de gran calidad tanto en lo artístico como en lo intelectual, dicho esto con toda modestia.

      Véase si no: rinde honor a tres personajes desaparecidos en fechas recientes: a Fidel Castro, el ‘último ícono político del Siglo XX’; al gran escritor mexicano René Avilés Fabila, colaborador de la revista, y a Zita Finol, escritora y poeta además de fundadora de la Gaceta, a tres años de su adiós. De ellos se publican sus finas letras, en tanto que del primero va una emotiva carta póstuma de Frei Betto.

No por previsible, dada su edad avanzada, la muerte de Fidel Castro dejó de ser sorpresiva; habría de ocurrir, sí, pero dijérase que acaso la fecha no figuraba en calendario alguno. Con las leyendas vivas -asienta el editorial-, eso suele ocurrir y más todavía si, como escribiera Frei Betto, sobreviven a su obra: la Revolución Cubana. Oswaldo Guayasamín participa en la edición con un óleo del Comandante…

        En la edición está también la paleta de la artista Sandra Serrano, quien con su pincel nos lleva a pasear por la raíz mexicana indígena; las artes visuales se ornan por igual con las fotos de Ricardo María Garibay del Pueblo Comca’ac, mal llamado ‘Seri’, con ‘Mujeres del desierto y de mar’. Sobre un contrasentido que encaran los antiguos pueblos, escribe Don Miguel Borge en ‘De mayas y latinos...’

También, con tonos de antaño, el docto Alessio Zanier presenta un vívido relato de la Primera Guerra Mundial que es a la vez un llamado pacifista. Con la maestría que le es propia, en la edición reflexiona la doctora Pricila Sosa sobre la ética en la actividad turística, conceptos que parecieran lejanos. Jorge Orlando Correa participa con ‘Tripalium’, un descarnado cuento sobre la explotación humana.

La llegada de Donald Trump a la presidencia de su país generó crisis aún dentro de sus propias fronteras, crisis de la que no se recupera todavía la clase política. De ello se van los análisis de Atilio Boron, de Harvard, y del cineasta Michael Moore, así como la postura de Bill De Blassio, edil de Nueva York que encara al nuevo presidente. Está también un texto de Yesid Contreras, en torno a lo que ocurre en Colombia.

Vamos, con menú tan apetitoso resulta harto difícil que El Minotauro les conceda audiencia. De hecho, la visita de las religiosas no despertó siquiera la curiosidad de Ariadna, que pidió a Marilyn Calipigia atender a las viajeras y, dado el caso, auxiliarlas con alimentos, vestido o dinero “porque las pobres se ven como refugiadas sirias…. ¡Ah, pero primero ve a vestirte pues las tías tienen cara de gazmoñas!”.

Antes de seguir y para que el lector entienda a cabalidad la importancia de la petición de las religiosas, ha de saberse que en México la dicha santa, que entre los católicos atiende por María Natividad de Jesús Sacramentado, es desconocida casi por completo; no digamos ya en qué triste lugar de olvido está doña María Guadalupe García Zavala, la segunda santa mexicana, también oriunda de Jalisco.

Así pues, ni la una ni la otra, la llamada “Madre Lupita”, tienen cabida en el devocionario popular y eso que una fue beatificada por don Juan Pablo II o Karol Wojtyła, entre sus amigos polacos, y la otra por Francisco I o Ché Jorge Mario Bergoglio, como le dicen los de su barra bonaerense, ambos duchos en las relaciones públicas y, sobre todo, con un largo colmillo en manejos e intrigas políticas.

¿Por qué, pues, las santas no se han vuelto populares? Una posible razón es que sus milagros son poco vistosos, no tienen charmé y su credibilidad es poca (ambos prodigios se dieron en hospitales católicos) y la otra, terrenal, es que les falta un creativo y eficiente encargado de prensa. Un o una jefa de prensa que dé filin a la imagen de las santas damas, que una buena prensa, efectiva, también hace milagros.

Véase, por ejemplo, el caso de don Cuauhtémoc Blanco, palurdo futbolista que, con el apoyo de la prensa, llegó hasta a la mismísima alcaldía de Cuernavaca –que lo quieran echar, es otra cosa-, o el de la starlet Andrea Legarreta, quien por la difusión cibernética es, hoy por hoy y a mucha honra, reina indiscutible de los rebuznos televisivos; o el de… Sobran los modelos por citar en este dilatado campo.

Mas tornemos a la boca del dédalo, donde se encuentran las religiosas, que ya tuvieron un zipizape con Marilyn, pues tuvo que pedirles que volvieran después porque el Héroe no estaba disponible. Eso sí, al ver a doña María Natividad con la vista perdida y susurrando quién sabe qué cosas –la santa oraba en latín-, ofreció llevarlas de inmediato al hospital, pese a las airadas protestas de las monjas.

-Me asusté –diría más adelante la antillana- era como si estuviera drogada. “¿Sor Nati, está usté bien? Le decía, y ella pasmada…”  Debemos disculparla pues no sabe de los éxtasis místicos católicos; de los yorubas sí, que en su tierra se dan con relativa frecuencia y mucho ron, pero no los de este tipo.  Suerte que no le toco un éxtasis de Teresa de Ávila o Santa Teresa, porque aquella levitaba y hablaba “lenguas extrañas”.

        Empero, la molestia mayor de las monjas se dio no por la prórroga de la entrevista, sino cuando la esbelta y juvenil doncella del dédalo, como muestra de respeto hacia para con ellas, quiso anteponer la dignidad de ‘sor’ a sus nombres “No, ni se te ocurra -dijo una de ellas- llámame sólo hermana Rita, nada más, sin adornos”. Rara conducta la de las religiosas… Además de feas, remilgosas, pensó Marilyn.

Si a pesar de su urgencia, las religiosas con todo y santa de bandera han esperar la siguiente entrega de la columna para hablar con el Héroe, se pide al lector que a su vez cultive la virtud de Job, que como debe saberse es la de la paciencia.

A guisa de despedida van aquí unas líneas de un comentario periodístico de Agustín Labrada que bien pudiera interesarle al gobernador Carlos Joaquín González.

“…una de las principales manifestaciones del complejo de inferioridad que caracteriza a los mal llamados “servidores públicos” fue protagonizada por el ex gobernador Roberto Borge Angulo cuando, en el 2015, puso su nombre junto al de los héroes de la independencia mexicana en el obelisco de la Explanada de la Bandera en Chetumal. Tal vez en el fondo de su conciencia, conocía su pequeñez y su miseria…”

“En Chetumal, parece que no ha llegado el siglo XXI. En cada acto público, se repiten las ceremonias ridículas y la mayoría de las veces se tardan más en presentar autoridades innecesarias con sus extensos y ostentosos cargos, más los aplausos, que en el evento en sí… Es la ceremonia vacía, que menciona Octavio Paz en El laberinto de la soledad, es un rito que lacera el desarrollo sano de una sociedad democrática…”

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*El epígrafe nada tiene que ver con el texto, pero resulta que la canción ‘Luces de Nueva York’ cumple sesenta años en este 2017, y sería hasta grosero omitir la efeméride. 

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